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No hay princesa sin dragón

"Camila se sentía más segura dentro de una pintura de Turner, navegando en alta mar, que en tierra firme donde la gente se moría y se condenaba para siempre. Entonces fue cuando quiso con toda su alma izar velas y navegar, como su abuelo, a tierras lejanas en un barco de verdad. Cuando comunicó a los adultos su deseo de ser marinera, para el absoluto asombro de Camila, éstos explicaron que una niña no podía ser marinera; aun Justino, el jardinero, que era sordomudo, le dijo ¡no!, con todas sus letras.

- ¿Por qué no? –preguntó Camila, hecha un mar de lágrimas.

- Porque ésas son cosas de hombres –contestó la criada mentirosa, en nombre de la humanidad entera y siguió asando los chiles poblanos en el comal, como si el mundo no se hubiera acabado en ese instante.

Ser mujer en los cincuenta no significaba la mejor de las suertes para una niña de espíritu impetuoso que quería ir a la guerra, llegar a la Luna y, por sobre todas las cosas del mundo, hacerse a la mar.

En el milenio pasado, todos los prejuicios de la Tierra se confabularon para condenar en la hoguera los sueños de Camila. Fue entonces cuando a esa chamaca de los mil demonios se le metió el encantamiento y, en conspiración con la imaginación, atentó por primera vez en su vida contra esa canija realidad que impedía a las niñas ser marineras. En pleno mediodía, mientras la nana capeaba los chiles rellenos para la comida y la abuela Rosario ponía alpiste en las jaulas de los canarios, Camila forzó la cerradura del ropero con la ayuda de un tenedor, sacó de ahí uno de los trajes de marinerito que su abuela guardaba como reliquias y se lo puso con la esperanza de transformar su destino, dar un golpe de estado a la realidad y convertirse en niño, como su hermano Juan.

Esta alquimia no fue inspirada por su sexualidad, como supuso la nana Concepción, sino por su pensamiento marinero. En el instante del salto visionario, de la muda luminosa, en complot con las estrellas, esta navegante de la imaginación ignoraba pro completo el alto precio que debía pagar en este mundo por el intento sagrado de ser exactamente como a uno se le diera su regalada gana."

KLEIN, Ana. No hay princesa sin dragón. Hoja casa Editorial. México, 2004.