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Los cuadernos de Don Rigoberto

- ¿Untarte el cuerpo con miel de abejas del monte Imeto?- repitió Don Rigoberto deletreando cada palabra.
- Para que los gatitos me lamieran, date cuenta, con el asco que me dan esas cosas....
- Era un gran sacrificio, lo hacías sólo porque...
- Porque te amo—le cortó ella la palabra. Me amas también ¿no es cierto?

“Con toda el alma”, pensó Don Rigoberto. Tenía los ojos cerrados, había alcanzado por fin el estado de lucidez plena que buscaba. Podía orientarse sin dificultad en ese laberinto de densas sombras,. Muy claramente con una pizca de envidia percibía la destreza del hombre, que sin apurarse ni perder el control de sus dedos, desembarazaba a Lucrecia del fustán, del sostén, del calzoncito, mientras sus labios besaban con delicadeza su carne satinada, sintiendo la granulación -¿por el frío, la incertidumbre, la aprensión, el asco o el deseo?- que la enervaba y las cálidas vaharadas que, al conjuro de las caricias, comparecían en esas formas presentidas. Cuando sintió en la lengua, los dientes y el paladar del amante la crespa mata de vellos y el aroma picante de sus jugos le trepó al cerebro, empezó a temblar ¿había empezado a untarla? Sí. ¿con una pequeña brocha de pintor? no. ¿Con un paño?. No. ¿Con sus propias manos?. Sí. Mejor dicho, con cada uno de sus dedos largos y huesudos y la sabiduría de un masajista. Esparcían sobre la piel la cristalina sustancia –su azucarado olor ascendía por las narices de don Rigoberto, empalagándolo- y verificaban la consistencia de muslos, hombros y pechos, pellizcaban esas caderas, repasaban esas nalgas, se undían en esas profundidades fruncidas, separándolas. La música de Pergolesi volvía, caprichosa. Resonaba, apagando las quedas protestas de doña Lucrecia y la excitación de los gatitos, que olfateaban la miel y, adivinando lo que iba a ocurrir, se habían puesto a brincar y a chillar. Corrían por el cubrecama, las fauces abiertas, impacientes.

- Más bien, hambrientos –lo corrigió doña Lucrecia.
- ¿Estabas ya excitada? -jadeó Don Rigoberto-. ¿Estaba él desnudo? ¿Se echaba también miel por el cuerpo?
- También, también, también- salmodió Doña Lucrecia-. Me untó, se untó, hizo que yo le untara la espalda, donde su mano no llegaba, muy excitantes esos jueguecitos, por supuesto. No él es de palo ni a ti te gustaría que yo lo fuese, ¿no?
- Claro que no, confirmó Don Rigoberto. Amor mío.
- Nos besamos, nos tocamos, nos acariciamos, por supuesto- precisó su esposa. Había reanudado la caminata circular y los oídos de Don Rigoberto percibían el chas chas del armiño a cada paso.
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- Abre las piernas, amor mío. Pidió el hombre sin cara.
- Abrelas, ábrelas- suplicó Don Rigoberto.
- Son muy chiquitos, no muerden, no te harán nada, insistió el hombre.
- ¿Ya gozabas?, preguntó Don Rigoberto.
- No, No -repuso Doña Lucrecia, que había reanudado el hipnotizante paseo. El rumor del armiño resucitó sus sospechas ¿Estaría desnuda bajo el abrigo? Si, lo estaba -. Me volvían loca las cosquillas.
Pero había terminado por consentir y dos o tres felinos se precipitaron ansiosamente a lamer el dorso oculto de sus muslos, las gotitas de miel que destallaban en los sedosos, negros vellos del Monte de Venus. El coro de los lamidos pareció a Don Rigoberto música celestial. Retornaba Pergolesi, ahora sin fuerza, con dulzura, gimiendo despacito. El sólido cuerpo desuntado estaba quieto, en profundo reposo, pero Doña Lucrecia no dormía, pues a los oídos de Don Rigoberto llegaba el discreto remoloneo que, sin que ella lo advirtiera, escapaba de sus profundidades.


VARGAS LLOSA, Mario. Los cuadernos de Don Rigoberto. Alfaguara. México, 1997.