El gran turco

Así me nombraron mis cofrades cuando me hallaron hace exactamente veintitrés años enredado entre cuatro pares de piernas, tres femeninas y uno mío, y una suave cobija de crisantemos, cempasúchiles y aves del paraíso, por mencionar algunos objetos. Me estaban buscando por la cuestión del fútbol dominical, y aunque sabían que me ocupaba a menudo de compañías mujeriles, jamás imaginaron descubrirme anclado a semejante trasatlántico. Y digo trasatlántico porque en aquella representación (hubo varias con otras intérpretes), el equipo estaba integrado por una rusa con nombre de tenista, una francesa con apellido de atraganto y una tercera, entre española y portuguesa, con apodo jacarandoso. Sobraría hablar aquí sobre los malos pensamientos que les ocasionó el hallazgo de botánica, gastronomía y educación física en semejante empresa. Cuando espontánea sucedió dicha visita a mi harén, los cuatro, ellas y yo, nos hallábamos desvanecidos en profundos sueños en los que tal vez continuaba nuestra extenuante sesión de erotismo y artes diversas. Debido a eso, juraba que de aquellas crápulas nadie de mi cercano entorno se enteraría vez alguna. No obstante, meses después de la reunión en casa de Roberto, donde los de la bola me habían confesado el hasta entonces secreto de haberme topado en las circunstancias de anterior ilustración, ya era conocido como el gran turco, incluso por los agentes de banco que llamaban para requerirme, bajo amenaza de mazmorra, liquidaciones inmediatas.