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Doña Fili

 

por Lukas                                                       

 

Doña Fili era una señora de muchos años que vivía en el pueblo de mis abuelos. Doña Fili siempre usaba delantal, con bordados de árboles frutales, flores silvestres, o simplemente con listones de colores. Doña Fili era siempre muy risueña, apapachadora, y era como la abuelita de todos. Doña Fili tiene muchos años de estar en el cielo con los demás ángeles y espíritus buenos, pero aquí, en el pueblo donde nacieron mis papás, todas las matronas y abuelas aspiran eternamente a preparar sus dulces, su cajeta, y sus uchepos tan suculentos como a ella le quedaban.

 

Cerca de este pueblo, hay una laguna. En la ribera crecen siempre los tejocotes y duraznos, pues como está todo esto al pie de un viejo volcán en la sierra, el clima frío los mantiene siempre a disposición de las pródigas manos de dona Fili. La variedad de su delicioso ate era: tejocote, durazno, y en ocasiones especiales, membrillo y guayaba. El mejor de todos, pues el de tejocote. Días o tardes, mejor dicho, inigualables, eran cuando había ate de tejocote con uchepos recién hechos, queso fresco (de las vacas del señor Fili), y salsa molcajeteada. Un uchepo, calientito, con unas tiras de ate, queso fresco, y pa los muy animosos, baño de salsa verde. El deleite sera mayor cuando uno se sentaba con doña Fili a meter las manos en la tina con la masa para los uchepos, agarraba la hoja de maíz, echaba el bolo, y a seguir a doña Fili para el enrollado. Ahora, las tías solamente hacen ate de tejocote porque el durazno, la guayaba y el membrillo son muy difíciles de trabajar. La jalea de estas frutas se conflictua ampliamente con el piloncillo y toma el doble o triple de tiempo para mezclar. Sin embargo, su dulce nunca ha logrado la consistencia y sabor del que hacía doña Fili a la luz de la media tarde sentada en el patio bajo la sombra de sus manzanos, y al cobijo de sus geranios, helechos y mil flores más.

 

A doña Fili le gustaba que los niños fueran a su casa, que se sentaran alrededor de la pila de agua, y que la acompañaran mientras pelaba caña de azúcar con su poderoso machete. No solo doña Fili aportaba la caña para el ponche decembrino, sino que preparaba, entre otras delicias, una cajeta sencillamente extraordinaria. Para envasarla, utilizaba unos moldes pequeños de tecata de madera, con unos listones de colores para decorar y amarrar la tapa. Cuando los niños esperaban tranquilos sin romper maceta alguna o quebrar rosal, doña Fili muy gustosa tomaba los bolillos recién horneados, los abría, les sacaba la migaja, untaba la cajeta, y repartía. La cajeta siempre escurría. Las migajas completaban el manjar cuando todos nos disponíamos a limpiar los platitos de madera para que las moscas no se acercaran con la cajeta que se resistía a salir. Antes de salir, doña Fili siempre hacía una torreta de moldes con cajeta para llevar a casa, aún cuando sabía que no irían más allá de la plaza del pueblo porque los niños harían instrumento de gula aquellos dedos regordetes partidos por la tierra y polvo de tanto jugar canicas o palillo.

 

Quetzalcóatl Hernández Cervantes