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El cuerpo del estómago

 

Casi siempre que siento algo en cualquier parte del cuerpo, también lo siento en el estómago. Si me pego en la rodilla me duele el estómago, si tengo un examen los nervios se concentran también ahí, si me dan un beso la panza se me alborota y lo de las mariposas resulta no ser tan falso; la mayoría de las sensaciones se ven reflejadas en esa curiosa parte que en nuestras mexicanas formas está tan cercana a la mitad del cuerpo. El chiste es que, esté donde esté, el estómago es capaz de comunicarnos sentires tan intensos como un pellizco en carne viva, aunque por suerte muchas veces no así de desagradables. Ahí entra la comida… una experiencia continua –para quienes tenemos esa gran suerte- que además de ser prioritaria para la supervivencia puede llegar a ser Babettianamente[1] deliciosa y tan creativa como amplios los límites que impongamos a la imaginación.

 

Tengo un poco de conflicto con la gente que no le da importancia al acto de comer; la verdad es que no me cabe en la cabeza cómo es que a alguien le puede dar lo mismo servirse unos nopales en el plato y comérselos fríos, que ponerlos en una cazuela, dejar que se recalienten lento lento, acomodarlos parsimoniosamente sobre una tortilla y luego echarle limón y mucha salsa verde (o roja, en esos gustos ya no me meto)

La comida es una forma de experimentar la vida, es permitirle a nuestros sentidos demostrarnos, una vez más, la fortuna que es el poder apreciar lo que comemos, de poder en una inspiración percibir la sutil canela en un arroz con leche, de saber que las acelgas son un poco más amargas que las espinacas,  de elegir correctamente entre cilantro y perejil basándonos en la presencia/ausencia del blanco al final de las hojas, de escuchar los quejidos que la lenta combustión provoca a los ingredientes…

 

En casi todas las culturas antiguas el reunirse a comer representaba uno de los momentos más importantes del día, era un espacio para comentar las buenas y malas nuevas, los pensares y pesares de la gente; al estar reunidos en torno a los alimentos, los convidados podían fácilmente caer en un trance que les provocara un gozo indecible, y un vínculo de comunicación los mantenía interesados en ese ritual tan cotidiano e irrepetible que más que ser necesario para el cuerpo lo era para el espíritu.

 

Muchos años han transcurrido ya, y hoy en día la comida rápida enajena nuestras costumbres, desplaza conocimientos y tradiciones milenarias a cambio de un poco más de tiempo de ver la tele, de estar con los hijos, de hacer tarea. Ésta moda de comer a las carreras es la criptonita de las usanzas alimentarias, es una ofensa extrema al legado de nuestros antecesores, una puñalada por la espalda al hedonismo que tan necesario es en estos días…

 

Pero la semana pasada reafirmé la teoría que me hace pensar que no todo está perdido: Pesaj (o la “Pascua judía”) es una fiesta histórica que celebra la salida de los judíos de Egipto y rememora los cuarenta años que pasaron caminando por el desierto. Son siete noches durante las cuales la familia y los amigos se reúnen a festejar un acontecimiento donde el principal ingrediente es la comida y el aderezo más importante es el sentir.

 

En el centro de una mesa donde todos presumen saber el curso de los eventos tal cual fueron, se coloca una charola especial con varias divisiones; en cada una ponemos un alimento que simboliza diferentes cosas: el jaroset es una orgásmica pasta hecha a base de nuez, mamey y manzana que funge como remembranza del material con el que se construyeron con tanto esfuerzo las pirámides; los vegetales amargos (maror) representan lo duro que fue servir al faraón y el sufrimiento que todo ello acarreó, y antes de comerlos se remojan en un recipiente con agua y sal a manera de metáfora lacrimal.

 

Durante la semana de Pesaj no se come levadura, esto es en  memoria de los esclavos, que al querer alcanzar la libertad con tanta prisa no tuvieron tiempo para dejar crecer el pan, por lo que mezclaron harina, agua y unas palabritas mágicas para obtener la matzá, una galleta agujereada y plana cuyo único sabor es el recuerdo. Este pan ácimo es el invitado de honor en la fiesta, y es tan importante que, para que no lo disturben los alimentos contagiados de “levaduritis”, la casa debe estar totalmente libre de ellos (si vieron “Nunca te vayas sin decir te quiero” ubicarán la escena donde la mamá está demasiado estresada porque tiene que limpiar todo)…  Ergo, a falta de un sabor más terrenal, la matzá debe complementarse con la convivencia, y es justamente lo que sucede en las horas que dura la cena, donde poquito a poco el vacío dejado por lo desabrido de la matzá se va llenando de historias compartidas y lugares comunes.

 

La comilona transcurre y el bullicio no decae, lentamente cada quién se va transformando en un ser que vive la comida y que mientras lo hace, se siente tan vivo que apenas sabe contenerse; en un ser que juraría que cada poro de su cuerpo está saboreando el guefilte fish y sopa de matze ball.

La metamorfosis incluye, por supuesto, un tan abrupto incremento de placer en las entrañas que incluso puede llegar a ocurrir el fenómeno del botonazo, que no es producto de una inflamación estomacal como muchos piensan, sino de una incontenible expresión de felicidad mediante la cual el espíritu se engrandece hasta el borde de la explosión. Todo esto permite a los satisfechos participantes sentirse plenos, abundantes de una vida que sería muy diferente de haber seguido siendo esclavos.

 

Entonces, sin siquiera darse cuenta, los  invitados han sido el blanco de un experimento que prueba que la comida es capaz de modificarnos (por dentro y por fuera); y aunque mi deformación profesional -soy protobióloga- me recuerde que comemos con la boca, yo sé que comemos con todo el cuerpo, y ese factor es parte fundamental de la magia de la comida, nos hace testigos de ese embrujo que nos embriaga, de ese hechizo que no podemos dejar que se evapore en este mundo Light que parece nos envuelve cada vez más rápido.

 

No permitamos que una de las más claras representaciones culturales se pierda; seamos parte del ritual.

 

Sintamos la comida, comámonos la vida. 

 

 

Atenea Garza Levy.                                                                                          

               

Coyoacán, mayo del 2005.                                                                              

 

 

RECETAS CITADAS:

Guefilte Fish[2]

 
Ingredientes

½ Kg de lomo de merluza.
1/2 Kg.de lomo de pescadilla
½ Kg. de lomos de corvina
2 rebanadas de pan remojadas y exprimidas
3 huevos
2 cebollas
1 cucharadita de sal
1 cucharada de azúcar
2 cebollas
pimienta ¼ de cucharadita
1/4 de taza de aceite
1/4 de taza de pan rallado (o harina de matza).


Preparación:
 
Poner en el procesador el pescado, primero y luego todos los demás elementos hasta formar una pasta suave. Formar, con ayuda de una cuchara, albóndigas redondas y parejas.
Poner en una olla la cabeza de un pescado, limpia,1 cebolla en trozos, 2 zanahorias cortadas en rebanadas finas, sa1/2 cucharadita, una pizca de pimienta y ½ cucharada de aceite.
Cuando hierve, colocar las albóndigas de pescado y hervir suavemente 15 minutos. Servir caliente o frío, adornando cada albóndiga con una rebanada de zanahoria de las que se colocó para la cocción.

Sopa de Matze ball[3]

Ingredientes

1 litro y medio de caldo de gallina

4 piezas de matza

4 yemas de huevos fresco

Sal

Preparación:

 Llevar el caldo  a ebullición, desmenuzar la matzá adentro, sale y deje cocinar unos 5 minutos hasta que se ablanden. Batir las yemas y ponerlas en una sopera, verter la sopa mezclando al mismo tiempo.

 



[1] Dícese de la condimentada atmósfera interna y externa resultante de una comida disfrutada al máximo, como en “El Festín de Babette”…

[2] Receta Tomada de: http://www.jai.com.uy/fish.htm

 

[3] Fuente: http://www.shalom-mission.com.ar/recetas_pesaj.htm