De volta a Lisboa

 

Uma cidade, um homem

Ciudades ficticias

 

Hay una ciudad para cada hombre, y al parecer, en éste mismo mundo del que hablo, un hombre por cada ciudad. Las ciudades transitan cuales hombres, y éstos últimos están anclados a un horizonte, pero en infalible movimiento, como un sol enajenado en su vaivén perpetuo.

 

Lo que hasta ahora nadie se ha atrevido a preguntar es dónde termina el hombre y comienza la ciudad, o mejor dicho, cuándo se deja de ser sólo hombre. Tal vez después de largas batallas, de oscuras connivencias, de años de diálogo y silencio, tal vez entonces hay una metamorfosis aceptada pero incomprendida, cómo el tránsito del tiempo. Un hombre deja de ser sólo hombre para conquistarse a sí mismo, para convertirse en ciudad y habitarse: pronto raya en explosión de figuras y trazos, de alturas y desniveles, de personajes y oficios, todos confundidos, alternados, en gran medida entendidos y calculados.

 

Al ser ciudad, luego vendrán otros hombres que también le habitarán, vivirán, permutarán. Transcurridos los días, y éstos seguidos por sus noches, dichos hombres, contagiados de voluntad y no de suerte, se encontrarán así mismos transformados por igual en urbes. Constantes y miméticos, como los amaneceres que ceden calma a las mareas hasta confundirlas con esquirlas del cielo, así cederán unos tras otros los hombres en ciudades, y las ciudades dentro de los hombres, hasta que desdeñen confines -mar y cielo confundidos. Que entonces se deje la disparidad para el juicio de cuestiones más útiles, cómo el pique que traigo con los pájaros cuando voy en bicicleta y ellos vuelan libres hacia el Sur.

 

Posdata: si digo que la prieta es mula es porque traigo las manos en el pelo.

 

José Garrapatas

 

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