Revista (g)astronómica

 

Animales fantásticos: el Yukul

 

Fundamenta la ciencia religiosa que, en las civilizaciones arcaicas, la concepción cosmogónica comienza siempre por la definición del espacio sagrado: el caos, de carácter profano por definición, se organiza de acuerdo a un centro generalmente referido por una teofanía. De esta forma los hombres podían asegurar su propia existencia, así como la de sus divinidades, dentro de un mismo cosmos intercomunicado.  En el extremo opuesto de la historia, ciertos filósofos franceses defienden la noción de identidad como fundamento existencial del hombre. El principio de orientación resulta entonces un tema primario vigente hasta nuestra época.

Los mayas atestiguan dentro del Popol Vhu la creación de una primera bestia: el "Yukul", palabra que quiere decir "libre y poderoso". Las divinidades se propusieron hacer un animal preparado para recorrer las cuatro regiones del mundo. Diéronle así las alas de un águila para volar los cielos; fue también dotado de cola de pescado para nadar los mares; para correr las tierras le fueron otorgadas cuatro patas de jaguar; finalmente tuvo la mirada del quetzal que le permitiría observar y juzgar el inframundo. Fue depositado por primera vez en lo alto de un peñasco frente al mar, donde viento, agua, tierra e inframundo se conjugaban inexorables. El animal quisó incorporarse al bramido del aire y volar, pero también algo le inscitaba a galopar los valles alejados e incluso a hudirse en las mareas que violentaban a un lado: inmóvil fue sólo deseo. Murió al nacer tan libre.

Los dioses decepcionados se reprocharon dicha creación y emprendieron nuevamente sus labores. Decidieron entonces dividir la tetragramía: así en la tierra los primeros pobladores fueron el jaguar, el águila, los peces y el quetzal. Animaron por igual un quinto ser que guardaría el recuerdo del "Baalché Yukul" y por tanto evitaría futuras erratas.  Se llamaría "Uinic", que en principio significa "preso y débil", y en su fórmula abreviada quiere decir "hombre". El resultado evidentemente fue el primer hombre y rey maya. Al "Uinic" se le condicionó la existencia otorgándole el sentido de orientación. El "hombre" por lo tanto podría vivir ligado siempre a un esquema calculado del cosmos: guardaría en principio horror al infinito y a la libertad, evitándo así repetida tragedia. De ahí los mayas guardarían la creencia de que a lo largo de la vida de un hombre revive paulatinamente en su interior el recuerdo del Yukul. Esta remembranza le incita a buscar la plena libertad que, una vez encontrada, se resuelve como la misma muerte.

 

Una imagen

 

Tres hombres: pasmado uno, los ojos al cielo; dudando otro, al centro de la más grande duna; desesperado un tercero, náufrago en medio de cualquier mar. Sin muros ni puertas, a los tres les encierra magnánimo el mismo laberinto. Libres, perdidos, presos.

 

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