Revista (g)astronómica

 

Crónica del Thyssen y de Carmen Buremiza

por José Garrapatas

 

He de confesarlo, antes de visitar un museo de pintura ya me están doliendo las piernas. ¿A quién se le ocurrió hacer las casas de arte tan grandes? A lo largo del último año he escrito largas cartas a los directores de diversos museos en el mundo insistiendo en la implantación y préstamo de carritos de golf para todos los usuarios, o en el peor de los casos, la instalación de una banda eléctrica que haga girar los lienzos alrededor de una hilera de reposets fijos donde se levanten coquetos los pies de los espectadores sobre taburetes de terciopelo, (he de confesar que apoyo menos la segunda moción pues otorgaría el mismo tiempo de observación para cada pintura y para cada persona, algo muy calculado y ortodoxo). Presenté por igual la posibilidad de descentralizar los museos y crear pequeñas casas de cultura con un máximo de veintitrés obras pictóricas por recinto, permitiendo así reducir el tiempo de las visitas a un máximo de una hora, medida que considero adecuada para evitar almorranas y várices artísticas. El fracaso de mis iniciativas ha sido contundente y he optado por resignarme a las visitas que comienzan con emoción infantil y análisis de historiador de arte, y terminan con desgarres musculares, jorobas, la cicatriz de la mochila sobre los hombros y la cabeza tan confundida como un pinxto de gulas|.

 

Otro inconveniente del tamaño desmedido de los museos es el de las señoritas tan lindas que ponen a cuidar las hectáreas y hectáreas de muros adornados. Bueno, no es precisamente un inconveniente, pero el resultado es de fácil pronóstico: uno se olvida de Rubens y de Tintoretto, y termina examinando mas bien un par de piernas que se asoman monísimas bajo una falda negra y entallada por lo general, o la grácil forma en que vienen a decirle a uno “No flash” (desde hace algunos meses adquirí una cámara con doble disparo de flash, una maravilla para atraer estos seres tan lindos). Pero que no se crea que el flash o el acercamiento excesivo a los lienzos son mis únicas técnicas de acercamiento social en estos sitios. He intentado también recursos del lenguaje como por ejemplo !Pero que obra tan linda!, ¿Quién te ha pintado?¿Me permites una restauradita? ó Y yo que creía que Ingres era lo mejor que se podía venir a mirar por aquí… Pero igualmente he desistido desde aquél día en que cuatro orangutanes me corretearon desde finales del quattrocento hasta el action painting de Pollock, creo que ha sido la visita más atlética y adrenalínica de la historia del arte.

 

Solamente una vez conseguí una cita. Detrás de unos lentes y un cabello recogido se escondía una chulada de andaluza: Carmen Buremiza. Fue en el Thyssen que nos conocimos, allá por Madrid. En el Barroco del XVII, fui discípulo de Julepe de Ribera mientras pintaba San Jerónimo Penitente, hasta que, un poco más detrás, sobre el corredor principal, se apareció mi sevillana con su “No flash” y sus gringos asoleados color jaiba. Prometí a Ribera regresar más tarde y encomendé a San Jerónimo mi suerte. Los detalles sobran: por la noche terminé en bulerías.

 

Sin embargo, nuestra aventura concluyó más rápido de lo esperado. Cuando descubrí que el culpable de nuestra ruptura había muerto en Roma en 1632 no pude ni siquiera odiarlo. ¿Cómo podría haber predicho Jean de Boulogne que, trescientos ochenta y cinco años después, su sádica representación de David sosteniendo la cabeza chorreante de Goliath, enloquecería la sevillanita que le salvaguardó en una sala del Thyssen durante más de cinco años consecutivos?

 

Desde entonces, tras haber dejado internada a Carmen Buemiza en un hospital psiquiátrico en las afueras de Madrid, cada vez que voy a un museo intento no fijarme en ninguna de las vigilantes. Sólo me permito exploraciones más allá del paño cuando se trata de secciones donde predomina Schiele con sus damas de talante tan coqueto y juguetón, y bueno, estoy ansioso por ir a ver próximamente al Prado un supuesto Jardín de un tal Don Bosco.

 

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