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Qué nadie se mueva o lo describo – entró gritando al vagón de metro, hoja en una mano, péndola en la otra, de magnánimo talante, un varón a canas. No fue el miedo, no fue tampoco la impresión, pero por un instante que duró lo que duran los instantes, la estática sometió hasta las manos resguardadas en ciertos bolsillos de pantalón y chamarra. El mismo narrador quedó suspendido, amenazante su bolígrafo sobre el papel.

 

Al siguiente instante, de profesión matemática, al borde de una de las puertas, se levantó una mujer.

 

No mame, ¿a quién pretende describir? –irrumpió su voz de profesora de segundo grado -. La vida misma es una descripción. Escribe en hielo un narrador que pretende detallar. El simple hecho de hacerlo, de intentar retener un instante preciso, resulta una gran contradicción, pues el tiempo que usted emplea literalmente en manchar con tinta la hoja que sostiene en su mano, la escena habrá cambiado en número infinito de detalles. ¿Cómo podría describirse usted mismo describiendo? El gerundio es la prostitución de la narrativa mi querido ladrón. Por otra parte, y contrariando lo anterior, he de recordarle que la sucesión de instantes es mera fantasía. Infaliblemente le puedo demostrar a través de los números que nada de esto es real. Al dividir infinitamente el tiempo y el espacio,  lo que conocemos como acción, es decir, la serie de acontecimientos que forman una realidad, se vuelven prácticamente imposibles en su realización.

 

El metro había comenzado a avanzar.

 

Señorita –interrumpió el narrador-, conocerá tal vez la paradoja de Zenón, e incluso yo que pasé a tientas la universidad, recuerdo que la solución al último problema que plantea es sencilla: se sabe que Aquiles realmente alcanzó a la galápago, ya que una suma de infinitos puede derivar en un resultado finito. ¿En que colegio desaprende usted?

 

Momento –se levantó, sacó un cuadernillo, un bolígrafo, un joven periodista -. No te atrevas a describirnos o yo te describiré describiéndonos.

 

Hubo murmullos, titubeos, miradas cruzadas, lágrimas, pies que rascaron talones y uñas, dorsos de manos. El metro se aproximó a la siguiente estación. Ambos sostenían la pluma sobre el papel, listos para desatar cualquier cataclismo. La matemática en medio, de pie, sin razón alguna.

 

Se abrieron las puertas. El narrador garabateó rápidamente sobre el papel y saltó fuera tan pronto como pudo, yo tras de él. Echó a correr hacia la salida, le seguí precipitado. Antes de montar la escalera dejó caer accidentalmente la misteriosa hoja. Al parecer no se percató y pronto había desaparecido en la boca de las escaleras.  Me detuve al borde de aquella superficie blanca, me agaché a recogerla doblando las rodillas, pues el doctor me recomendó éste método para evitar lesiones en la espalda. Percibí sobre ella un carácter incomprensible pero que provocó semejante sensación a la de un galimatías sin efugio. Ahora abre tu diccionario.

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