Vulnerabilidad o la peor de mis pericias

 

Jugueteaba con un par de magnolias a taparse intermitentemente uno de los ojos y mirar con el que quedaba libre. Cambiaba la perspectiva, de pronto el vagón entero del metro se movía un poco más a la derecha, de pronto a la izquierda. Pero ella no se detenía en eso. Aquel juego irreflexivo escondía detrás el pensamiento que le llevaba de vuelta a la casa donde creció, una suburbio a las afueras de Shangai. Seguramente recorría con la memoria las habitaciones, los objetos que en ellas se encontraban casi siempre en el mismo sitio. Encadenaba en consecuencia el recuerdo de las personas que utilizaban dichos objetos y que habitaban tales habitaciones: tal vez un padre, una madre, tal vez un esposo, un hijo o una hermana. Y al final únicamente aparecía una pregunta: ¿Qué estoy haciendo aquí?

 

La aventura de cómo llegó a París no es importante. Con unos años se había encontrado novio francés, y más que eso, un pasaporte escarlata. Muchas compatriotas exiliadas le envidiaron la suerte y le recomendaron aprovechar el corto camino que le quedaba hacia la felicidad. Cómo amaba ese pasaporte, desafortunadamente venía incluido con hombre y pene. Vivió casi diez años pensando que ese era el precio, que había sacrificios que se compensaban con beneficios. Y un día como el de las magnolias en los ojos, toda esa filosofía de vida se le derrumbaba encima y añoraba más la vida en chino.

 

Me he encontrado también a quienes aman en su pareja la cartera, los amigos, las palabras, el sexo, las caricias, la comprensión, la escucha, las ideas, etc. ¿Pero habrá alguien que ame realmente un ser? ¿Existe ese tipo de amor? ¿O es acaso que un ser no es nada sino la suma de la cartera, los amigos, las palabras, el sexo, las caricias, la comprensión, la escucha, las ideas, etc.? Finalmente estas preguntas carezcan de sentido y las personas se amen las unas a las otras en la medida en que tal amor les permite realizarse a sí mismos. Las mismas interrogantes de siempre...

 

¿Y cómo es que pienso en la mujer de las magnolias? Es tal vez la mejor y la peor de mis destrezas: la vulnerabilidad. Una de sus ramas, la de dedicarse a sentir el mal de los demás, a leer en sus gestos la tristeza, la angustia, el vacío, la desesperación. A tan vasta biblioteca ni la de Alejandría se le compara. Mil veces mejor ser abogado, soldado, policía o contador.

 

Ser vulnerable es tal vez la primera cualidad humana y por ende la más trascendental.

 

Vulnerable: Que puede ser herido o recibir lesión, física o moralmente.

 

La pregunta es inevitable: ¿cómo someter esta vulnerabilidad? La respuesta es fácil: no hay forma alguna. El simple hecho de existir nos torna sensibles a la menor mutación en el espacio y el tiempo. El deseo o búsqueda de la inmutabilidad acentúa en el individuo la vulnerabilidad hacia sí mismo, y esa es la más punzante de todas las armas.

 

Apparemment il n y a que la mort que nous rendre immortels

 

Pero finalmente sin esa capacidad empática la vida perdería sentido. La definición de vulnerabilidad la escribió un tipo pesimista. Cosa importante: no olvidar que igualmente podemos ser heridos o recibir lesiones, físicas o morales, a través toda la belleza que gira con este mundo alrededor del sol.