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Aquí

 

Lo que yo pueda contarles es poco comparado a lo que he en realidad he vivido. Hablarles de esta forma es simple pirueta: lo que llamáis tiempo representa para mí casta vanidad. Mi primer momento es tan lejano que lo confundo con el más reciente y seguramente con los de hace cien, dos mil y millares de años. Así me pasa con toda vivencia, he perdido cronología y no me sirvo de astrolabio alguno. Los lugares que he visitado, y los caminos que llevan de uno a otro y de regreso, no me sirven para nada, pues no fui en lo más mínimo maestro de mi destino. Un día noté que volvía indefinidamente a formar parte de una misma situación antes experimentada: en el colmillo de un tigre dientes de sable, en la tinta de la primera letra en un libro cualquiera, en la espuma del mar Indico, en el sonido de una jirafa que mastica una pedazo de copa de árbol, dos años antes de la muerte de Alejandro Magno (lo sé porque también estuve ahí). A partir de ahí, aquí he preferido la contemplación, e incluso de la contemplación me he deslizado a la indiferencia. Pero no por que mi curso me parezca indiferente o divino lo he olvidado por completo. 

 

Un primer momento es imposible describirlo. Recuerdo entre infinitas evocaciones haber formado parte de una gran estrella. Estaba al centro y tarde millones de años en salir convertido en luz, disparado hacia algún rincón del universo. Bogué entre galaxias y polvos cósmicos, siempre arriesgando el momento de libertad quizá más grande a lo largo de mi existencia, hasta que hubo un instante que colapsé con un astro sin rumbo y volví al estado material. Viví pegado a otros como yo, fuimos muy resistentes. Al cabo de unos años no teníamos nada más que conversar, hasta que nuestra dirección se convirtió en órbita al aproximarnos a un pequeño sistema solar, el vuestro. Todos enloquecimos porque sabríamos que tarde o temprano algo nuevo acontecería.

 

Entré entonces a la Tierra, más no caí en ella. Me desprendió del asteroide la fricción de una atmósfera pesada y pronto me adoptó una molécula de agua suspendida. La primera vez que toqué en realidad tierra era entonces lluvia sobre una montaña altísima. La vida ya existía cuando llegué, siento decepcionarles pero no tuve oportunidad de observar como inició esa actividad tan extraña que conocéis como Naturaleza. Eso sí, pronto pertenecí también a ella. Fue a través de las raíces de un caucho que monté hasta una hoja. Ahí los rayos del sol me separaron de mis primer encuentro en este mundo y pasé pronto a formar parte de una flor, luego de un fruto amarillo.

 

Fui alimento de un ave de ropas azules. Tras ciertos días su cuerpo me otorgó un lugar en el ala izquierda, cerca de la punta. Volé muchos kilómetros, buscábamos el verdadero calor del ecuador. Pero la fatiga le ganó a mi ave y caímos a mitad de camino. Afortunadamente nos encontró un gran felino a manchas. Nos devoró furtivamente. Fui entonces, como les narraba en un principio, colmillo. Desgarré incontable carne, asistí a cruentas batallas y terribles persecuciones desde la mejor perspectiva. Era tan emocionante para todos los que estábamos en aquel hueso. Empecé a comprender la precariedad de la vida pues no duró mucho aquella aventura. Vino una larga época en la que viví en aquel colmillo un hundimiento paulatino hacia las profanidades de la tierra.

 

No recuerdo el día que de pronto había mudado en oro. Fue la primera vez que encontré a los hombres. Hubo uno que sorprendido de nuestro lustro cortó un pedazo. Lo moldeó, lo porto al cuello. En aquel instante perdí la noción del tiempo y del espacio.

 

Todos los momentos son únicos, más no irrepetibles. Viví en la tinta del primer libro, sólo el paso de las hojas me transfirió finalmente a una mano que me rozó, era la página quinta, estaba dentro de la f de la segunda línea. Crucé océanos en el intestino de una ballena. Vibre indefinidamente en humo de tabaco y el viento me arrastró. Fui parte esencial del sabor de una pierna de jamón de Parma, no recuerdo el siglo. Babel existió y lo sé porque formé parte de una de sus piedras. Un maya me ofreció al sol, estaba en un glóbulo rojo del corazón sacrificado. Vitral de atrio, pasaporte europeo, la bala que mató a Trotsky, volcán en Japón, patrón en el filo de una damasco, carpa de circo gitano, casco de romano, semilla de higo, borde de ventana, menisco de trapecista, monocular de pirata...

 

Pensé que estaba condenado a vagar por todos los objetos y situaciones de aquel planeta por una eternidad. Pero me equivoqué. No les diré bajo que condiciones la Tierra llegó a su fin, admitiré que no fueron las mejores. Recuerdo que a través de los milenios el sol había crecido enormemente sobre el cielo. Comenzó todo primero a secarse. Luego hubo fuego por todas partes, yo viví agitado en una flama de más de cuatrocientos kilómetros de espesor. Años después formamos parte todos de un gran mar de lava y ya no sabíamos más si todavía la Tierra era Tierra o era el Sol quien la había devorado.

 

Entonces hubo una gran explosión. Salí disparado al espacio astral nuevamente en forma de luz. Me pensé feliz pues había reencontrado mi libertad. Como felicidad tuvo que durar, lo que quiere decir en otras palabras que cesó, y es ahora desde otra realidad desde donde os escribo.

 

Aquí, sabiendo que no se le puede denominar de esta manera, soy independiente y libre, soy puro, soy maestro de mi destino, soy eternamente yo.

 

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