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Veintitrés escalones (principio de la historia)

 

Bajaba José del apartamento en que recién había mudado, un segundo piso del edificio más soleado en pleno corazón del barrio Quitéa. Había decidido salir con tiempo suficiente pues no tenía calculadas las nuevas distancias hasta la oficina de correos. La luz de los corredores estaba apagada, sólo entraba una tenue luz cenital proveniente de una claraboya a mitad de las escaleras que montaban hacia el tercero. Cual personaje de pintura neoclásica, empuñó la llave que creyó correcta y forcejeó con la cerradura en vano, temiendo despertar al resto de los vecinos. Finalmente el mecanismo cedió y José pestañeó satisfecho. No sabía aún cerrar la puerta con la facilidad de quien ha entrado y salido por el mismo sitio toda una vida, pero en cambio sabía que entre su puerta y la planta baja había veintitrés escalones. Los iba contando, uno, dos, tres, cuatro, en realidad donde fuese siempre lo hacía, manías que quedaron de su adolescencia, dieciséis, diecisiete... De pronto, interrumpieron su numeración una espalda encorvada y una nuca ancha, de un color profundo. Un hombre de figura abatida estaba sentado sobre uno de los últimos peldaños, mirando hacía el principio del corredor que guiaba a la calle. José se detuvo un instante y pestañeó. Como no queriendo romper la meditación y tranquilidad lúgubre de aquella estatua, se deslizó delicadamente del lado izquierdo, donde había más espacio. Sintió el barandal frío al apoyar su mano izquierda y por distracciones como esa, casi pulveriza la mano oscura apoyada al lado del peldaño que sostenía también el resto del cuerpo. Entonces palideció.

 

 Buenos días – dijo casi en susurro mientras libraba el obstáculo, con una voz que igualmente iba despertando. Ya preparaba su partida final por el corredor cuando la voz de aquella sombra se elevó a sus espaldas - ¿Es usted el nuevo del segundo piso?

 

José se detuvo petrificado, pestañeó a una velocidad increíble. “¿Segundo piso?” pensó y  confirmó que era a él a quien la sombra estaba hablando.

 

- Sí señor, soy yo- respondió finalmente, volviéndose hacia la boca de las escaleras. La poca luz no le ayudaba a descifrar la gran masa corporal que bloqueaba casi por completo el ascenso.

 

- Yo soy Luca Marín Rigoletti –se presentó la voz y hubo un silencio insoportable. “Tiene voz de verdugo y nombre de ópera” pensó José rápidamente, aunque nunca había escuchado hablar a un verdugo y sabía poco de  ópera. -Vivo en el último piso, no dude en tocar a mi puerta si algo necesita, está marcada con el número veintitrés – agregó la negra figura inmóvil.

 

“¿Número veintitrés? Demasiadas coincidencias, seguro este me saca de apuros” dedujo José. Muchas gracias –masculló enajenado por estas abstracciones, agregando la acostumbrada reverencia con la cabeza, y agregó al dar la vuelta -Que tenga buen día -. Ya más tranquilo salió del edificio: descubrió un día con el sol empezando a trabajar sobre los tejados más altos. Pestañeó alegre.

 

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