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Carta del señor Olicausto Benévales al párroco Pacalio Bartolomé donde expresa la preocupación por el alma réproba de su vecino el licenciado José Garrapatas (a leer forzosamente después de los textos de José Garrapatas)

 

Distinguido Padre Bartolomé,

 

¿Recuerda la vez que yo andaba con el asunto de Sagrario, la mujer de don Jorge? Usted me dijo que las preocupaciones son demonios que debemos sacar de alguna manera, pero yo había entendido mal su mensaje: aquella vez fui borracho y armado a intentar sacar a Sagrario de su casa para que se casara conmigo. Todo terminó con el macetazo que atinó sobre mi cabeza desde la alcoba. Desde aquella vez he procurado obrar siempre por el camino de la palabra, dejando guardadas mis explosiones para otro tipo de momentos, como cuando intentaron robarme preservativos de la farmacia aquella pareja de jóvenes juerguistas, y yo al darme cuenta los agarré a jeringazos. Es por eso que ahora le escribo esta carta, pues hay algo que me inquieta, y no deseo que todo termine con macetas o jeringazos. No encuentro mejor forma de resolver esta cuita que dirigiendo estas líneas a una persona como usted, que con esa claridad mental y ejercicio del buen ejemplo, me dejará saber cual es el mejor camino a seguir.

 

¿Ha visto el balconcito del edificio rosa donde hay una lavadora? Es la segunda planta, ya lo verá si no. Es ahí donde se ha mudado el licenciado José Garrapatas. Pues resulta que yo le he observado atento desde mi ventana a partir del día en que mudó su mundo de libros y cajas de galletas Monoprix. Admitiré que la primera impresión no fue buena. Dígame usted si es normal o no desconfiar de un tipo que pasa toda una tarde despintando con una esponja los rayones de un muro ocasionados por las peripecias y torpezas de dos hombres que, guiados por él mismo horas antes, hicieron trabajosamente pasar una lavadora por donde pasaría apenas la cintura de la mujer de don Jorge (la misma y horrenda lavadora que ahora afea mi calle) (la misma y hermosa cintura que debería adornar ahora mi casa, pero esa no es historia para ser contada aquí). La primera semana transcurrió y Garrapatas sacaba y sacaba libros y libros de portadas rojas y negras de cajas y cajas al fondo del cuarto. A veces se detenía sobre uno, lo hojeaba brevemente, suspiraba, sonreía y después lo colocaba junto a los otros libros en el librero de la pared derecha. No sin antes detenerse sobre una galleta Monoprix. Luego fue el librero de la pared izquierda. 

 

Pero lo de los libros, lo de las galletas y lo de los rayones es sólo el principio. Pensé que una vez terminada su organización bibliotecaria, Garrapatas se dedicaría a la decoración del departamento y tal vez a encontrarle un lugar propicio a la lavadora. Pero tras un mes desde el día en que se mudó, noté que aún no había siquiera cortinas que cubrieran los paseos carentes de ropas que Garrapatas daba rutinariamente sobre el parqué antes de ducharse, siempre a las once de la mañana. Luego atacaba un libro del librero de la derecha, se sentaba a la mesa pegada al vidriero del balcón y pasaba hojas y hojas, tomando notas en fichas que iba amontonando a un lado, y a veces parecía mirar hacia lo que le quedaba de calle (era evidente que la lavadora ocupaba gran parte de su campo visual), entonces sostenía una postura como de inspiración (como si alguien pudiera inspirarse en un electrodoméstico de propiedades centrífugas) y atacaba ansiosamente una ficha en blanco sin consultar ningún libro, como escribiendo algo de su cosecha, parecía estar poseído.

 

Decidí dedicar más tiempo a observarle pues algo había de inquietante, se lo juro. El siguiente mes, es decir, el mes pasado, me alarmé más pues cambió las galletas Monoprix por alegrías. Sí, leyó bien, alegrías de amaranto y miel. Yo también me he quedado de a cuatro cuando reparé la pila de paquetitos amarillos junto a la de fichas sobre su escritorio. Le hincó el diente, valga la redundancia, con singular alegría: casi siempre eran tres o cuatro por la mañana junto con una taza café, dos por la tarde y un vaso de agua caliente. La lavadora siguió en su sitio, nunca observé que la utilizara, sino hasta que llegó esta semana en la cual han venido los acontecimientos más alarmantes.

 

El martes José Garrapatas se levantó más temprano de lo habitual, incluso le diré que saltó de la cama y corrió a lo que puede ser el baño (pero no estoy seguro pues ya no alcanzo a ver). Luego regresó con cara triste y se sentó al borde de la cama donde lloró amargamente durante quince minutos. ¿Me pregunto que le habría sucedido? El mismo día por la tarde tras lo que pareció otra posesión demoníaca de su mano emplumada sobre las fichas, comencé a sospechar que el licenciado estaba enloqueciendo. Mire lo que le voy a contar y verá por qué digo lo que digo: tras haber estado arrugando fichas y botándolas a sus espaldas finalmente sostuvo una frente a su mirada y sonrió satisfecho como si hubiera encontrado algo; entonces se levantó excitado, reverberante diría yo, y fue a buscar una escoba. Después jaló de debajo de su cama una maletita: la abrió delicadamente y sacó una falda roja (la verdad era una falda hermosa). Tal vez no lo creerá pero yo lo vi con mis propios ojos: José Garrapatas amarró la falda con un cinturón a la escoba, como si se tratara de una mujer que estuviera vistiendo. Se aseguró de su estabilidad tirando con energías como queriéndola desnudar. Luego se puso a bailar con su escoba, algo entre tango y vals. A partir de aquel día comenzó a tomar dos vasos de agua por la noche, en vez del único acostumbrado.

 

 El miércoles nuevamente saltó de la cama, salió unos instantes y regreso para el teatro del llanto durante quince minutos al borde de la cama. Luego se entregó obstinado a sus libros, alegrías y vasos con agua. ¡Por cierto, casi olvido! Ese mismo día salió unos minutos de casa y regresó con una planta de flores hermosas que colocó poco disimulable sobre la superficie blanca de su monstruo centrífugo en el balconcito. ¿Padre, son actitudes normales estas?

 

Ayer jueves, sucedió la más grande rareza de todas las que jamás he visto juntas o separadas. Esperaba atento que el licenciado Garrapatas despertara para ver que nuevos sacrilegios cometería. De pronto saltó de la cama, pensará que aluciné, pero le juro que mis ojos no me engañan, ¡traía pegada una estopa blanca pegada alrededor de la mandíbula, haciendo las veces de una barba! Corrió nuevamente fuera del cuarto y ya casi como ritual regreso envuelto en lágrimas, pero esta vez con la estopa en las manos. Esto confirmó mi creencia de que el tipo está completamente poseído o loco. Por la tarde se ausentó un par de horas, al regresar a casa traía un rollo en las manos. Pronto supe que era un cuadro para su pared vacía, pues lo pegó minuciosamente sobre la cabecera de su cama (donde no hay cruz por cierto). Tomé los binoculares y observé detenidamente el contenido del cartel: es un cuadro antiguo, hay tres mujeres desnudas y dos tíos que discuten al respecto, es seguramente una escena de prostitución o algo por el estilo denigrante. Padre Bartolomé hay que hacer algo.

 

Esta mañana antes de sentarme a escribir estas líneas salí a la panadería y me topé con Hermildo Mustias. Yo no sabía pero resulta que compró justamente el departamento que hace pared con aquel del licenciado Garrapatas y lleva ya más de un mes en reparaciones. ¿Y esto qué? Pues me contó mientras esperábamos en la fila que justamente el licenciado Garrapatas le ha enviado una carta rarísima en donde habla de disfraces, la barca de Noe y la aspiradora de la vecina de arriba. Yo comencé a contarle algo de mis sospechas. Quedamos en reunirnos mañana aquí en mi casa. El traerá la carta y yo le explicaré con más detalles mis observaciones y descubrimientos. Ya no le quito más el tiempo. Mejor véngase también mañana a tomar el café y la telera con nosotros y así vemos que podemos hacer al respecto. ¿Qué le parece?

 

Hasta mañana entonces,          

        

Dr. Olicausto Benévales