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Gesto de una odalisca

 

Soneto V

 

Escrito está en mi alma vuestro gesto

y cuanto yo escribir de vos deseo

vos sola lo escribisteis; yo lo leo

tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

 

En esto estoy y estaré siempre puesto,

que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,

de tanto bien lo que no entiendo creo,

tomando ya la fe por presupuesto.

 

Yo no nací sino para quereros;

mi alma os ha cortado a su medida;

por hábito del alma misma os quiero.

 

Cuanto tengo confieso yo deberos;

por vos nací, por vos tengo la vida,

por vos he de morir y por vos muero.

 

Gracilazo de la Vega (1501-1536)

 

 

Como quien tuvo alguna vez un tesoro durante su vida, yo tuve una odalisca. Me enamoré de ella por sus gestos, sobre todo aquellos que reinaban mientras su baile delgado y gracioso. Les juro que rompía el aire con sólo mirarlo, y después giraba veloz en media vuelta: su oscura y larga cabellera volaba, les juro que volaba, y sanaba la leve herida en el espacio recién fracturado. Me acuerdo sobre todo de su nariz de fosas aplanadas, arqueada levemente como queriendo siempre oler lo que los ojos descubrían en el mundo. Tenía los pómulos marcados y los ojos pequeños por tanta sonrisa: esa sonrisa, les juro, estaba siempre acompañada por un par de magníficos colmillos. Hay mucho más que eso, pero ¿cómo resumirlo? Talante, mímica, aire, gesto, semblante, facción, ademán, guiño, rostro, postura, aspaviento, mueca, gesticulación, visaje. ¿Cómo llamarle? ¿Imagen del alma, sentimiento palpable y visible fabricado de aberturas, desniveles, pliegues, colores, humedades...? En realidad nunca lograría describirles realmente lo que era aquello, las palabras no sirven para relatar aves.

 

Sin embargo, con voz antigua les puedo confesar que mis días más felices fueron a su lado, sobre todo cuando repetía ese baile ¿quien no podría serlo? Portaba casi siempre una saya bermeja y ancha, de largos pliegues rematados por un festón en estambres áureos. Debajo de aquel borde, los pies llenos de ampollas, padrastros y ojos de pescado miraban un mundo ajeno a aquella belleza. Y por ahí se le veía, cruzando las arcadas y los patios, burlándose con ese balance y colorido de la quietud y uniformidad de canteras y mármoles. Yo la quería con todo y ampollas y gestos.

 

Y fue justamente un gesto el que jugó un papel principal en nuestra historia de pasión, danza y ojos de pescado. Enfermó gravemente una tarde de invierno, pensé que sería algo pasajero, supuse una cuita a causa de los fríos que le impedían sus dominios habituales. Pero una tarde, tendida decúbito sobre las grandes almohadas que le lisonjearon durante su letargo , me pidió me acercase pues tenía últimas palabras que regalarme. Me recosté junto a ella y cuando nuestros rostros se encontraron frente a frente la remarqué un tanto belfa, se los juro, belfa. Sonrojé, ella tal vez lo notó, pero no le importó. Tras un silencio corto y bajo una mirada grave, propia de quien ha esperado la muerte desde el día de su nacimiento, me confesó el mayor secreto de su vida.

 

Fueron palabras que sólo entendería quien tuviese la suerte de mirarla volar, por que eso era prácticamente lo que hacía, volar. Así que guardaré de esta gacela lo que no les he ni contado ni jurado para días que necesite alegrías en esta vida.

 

Mi odalisca me ha abandonado, me dejó por otro amor, por un irremediable fantasma. Se despidió con tinta oscura, lo escribió con su voz en mis sueños, una noche cualquiera, la noche más triste de mis días.  Me arrebaté a la superposición infinita entre dos espejos, pensé que tal vez lograría perderme en mí mismo. Mi fracaso lo confirmé una vez ahí: no era yo, quien aparecía era ella, mi arrebato, mi primera imagen, las veces de un grano de arena en la mar.

 

 

José Garrapatas