Amaranto y miel

 

Aquel día había introducido la mano tibia en el costal y supo que estaba tocando algo distinto. Eran rollos de fotografía revueltos, desechos, enmarañados, y lo sabía. Quiso apoyarse en los recuerdos para tranquilizar el desasosiego, pero no le sirvió evocar la negra cabellera que le recitaba historias por las noches mientras abrazaba el cuerpo que le asistía más abajo. No, no se parecía a eso. Ni siquiera le ayudó imaginarse los cables enredados durante la sesión. Esta vez su mano sentía distinto, y dudó por un instante si tal vez eran los plásticos los que le tocaban la mano diferente. Había que elegir. Quizá lo más fácil era pensar que era él quien estaba cambiando y no el mundo que le rodeaba. Sintió nausea.

 

Salió del salón ennegrecido y pronto estaba rodeado de una luz polvorienta, de partículas en lento movimiento bifurcadas por una luz nívea: otro amanecer más que redibuja el orden de las cosas desaparecidas bajo la manta nocturna. Aquí es donde se detiene sin saber cual es el paso que la libertad de mi pluma le obligará a dar. No quiero encerrarle en esa historia de soledad, de polvo, de silenciosos objetos. Así de pronto pueden aparecer nuevas voces y nuevas caras. Que tal por ejemplo que siguiendo la promesa que se había hecho años atrás, iniciara un viaje esa misma mañana, sin más preámbulos ni meditaciones, guiado sólo por impulsos y deseos transitorios. Que tal que tomara su cuaderno, la familiar chamarra negra y estuviese pronto poniendo marcha al automóvil. Luego de unos minutos estaría llamando desde la esquina. Es hoy, te espero abajo – indicaría a la voz que iba despertando. La cabellera negra bajaría sorprendida y encimada al cuerpo incrédulo y aún dormido, y minutos más tarde tomarían juntos la vía más corta hacía la autopista del sur.

 

¿Qué deseamos suponer ahora? No podemos robarles tanta intimidad así que dejaremos que viajen solos hasta su primera parada. ¿Qué si han hablado en el trayecto? Quizá no, quizá hayan escuchado las noticias o música de alguna película. ¿Por qué tanto misterio? Hasta ahora ni yo mismo sé quienes son los que van dentro del automóvil. Los hemos conocido hoy. Su vida ya estaba avanzada y de pronto colapsamos en la imaginación. Ellos ya existían. He aquí lo que haré: los seguiré algún tiempo y quizá en ese lapso puedan contarnos una historia plausible.

 

Lleno por favor – pidió sin prestar atención a quien se acercó mientras contaba papel en la billetera. Pensaba hasta donde le permitirían llegar esos documentos con caras famosas. Pero parecía no preocuparse, sabía que tendría que solucionarlo de alguna manera: ya pensaría en ir vendiendo lo que traía consigo. Mientras estos y otros pensamientos asaltaban ambas cabezas no se hablo ni se miró nada, una especie de silencio imperó la cabina del automóvil haciendo las veces de una interrogación, de un desafío a la decisión que estaban por tomar nuestros personajes.

 

- Gracias señorita, quédese con el cambio– masculló enajenado mirando a través del parabrisas un tipo que algunos metros adelante vendía alegrías a un auto negro.

 

Alegrías, pensó, y le vino el recuerdo de un día hace años que circulaba con Mariana en el Circuito Interior, entre el tráfico infinito y la respiración turbia y caliente de los autos bajo el sol. En su holgazanería de copiloto, venía apoyado sobre el borde de la ventana, pensando en hablarle a la primera chica linda que se detuviera a su lado en esa infinita espera, una idea tonta para matar el aburrimiento y sacar tal vez un número telefónico. De pronto vio a un vendedor de obleas y alegrías con cachucha roja deslizándose entre los autos. Recordó que le llamó con un leve grito pues había pensado que tal vez sería divertido regalarle una alegría simbólica a la guapa y aún inexistente conductora del auto vecino. Tenía esperanzas de encontrarla antes de salir del embotellamiento, su única esperanza estaba en el azar de una desincronización en las interminables filas. ¿Cómo se le ocurrió semejante cosa?

 

- No lo puedo creer –interrumpió ella su pensamiento-, tanto tiempo sin verte. Él no dijo nada, siguió callado y recordando.

 

¿Cómo era la frase planeada mientras estiraría el brazo? ¡Hola guapa!, oye ten, te regalo alegría, (risitas). Me encantaría conocerte, ¡Dame tu teléfono!... No pendeja, no el aparato, tu número... ¡No! esto no es un asalto, ¿qué dices?, pero yo sólo... no, no llames nadie... yo solamente... Recordó que el vendedor se acercó y él le pedió, saboreándose el plan, la mercancía, pero el hombre de la gorra roja bajaba en un movimiento triste su bandeja de madera a la altura de la ventana y mostraba la superficie vacía mientras decía con gesto sorprendido, Disculpe joven, pero ahora si se me acabó la alegría. Le dio risa melancólica aquella escena que tan nítida venía a su cabeza ¿A qué alegría se referiría el vendedor? Nunca lo supo, pero recuerda también que rogó que no fuese justamente de la que él le pedía, sino de la de amaranto y miel.

 

Fue nuevamente interrumpido por la voz de la expendedora, un ser extraño en las gasolineras, que le pedía avanzara para atender al cliente de atrás. Él refunfuñó y puso en marcha el motor.

 

- ¿Por qué hoy? ¿Sabes que día es? – preguntó antes que el auto comenzara a avanzar, sin esperar respuesta, bajó la visera y se miró al espejo, suspiro tenuemente. ¡Puta! Qué cara- se dijo a sí misma.

 

Anoche tuve un sueño, había un tornado, y hoy... hoy es el día vigésimo tercero del mes –dijo el tras una pausa-, en realidad es más bien una corazonada – y puso el auto en movimiento.

 

No mames con tus corazonadas, me tuve que salir de puntitas, y el cabrón de Tango que se despabila cuando iba cruzando la sala, se pone a hacerme fiesta imbécil lengüeteándose hasta los ojos y su puta orquesta de uñas contra el parqué, y yo como una pendeja, hablándole en susurros, como si el güey me fuera a leer los labios, y haciéndoles señas para que...

 

Te ves linda cuando despiertas, ya se me había olvidado eso – le interrumpió desviando rápidamente la mirada del frente, se quedó con una sonrisa sin dientes conduciendo nuevamente en silencio, como si no tuviera sentido lo que acababa de decir.

 

-No se por dónde debemos empezar –dijo ella tras un silencio no muy largo-, hace tanto tiempo que no sabía nada de ti. ¿Dónde estabas?

 

- ¿Qué importa eso ahora? –preguntó él arqueando levemente las cejas-, importa más a donde vamos –le miró a los ojos pausadamente-, tu y yo, ahora.

 

- Claro que importa, me has hecho falta, tantos años de... – dudó que debería decir y dejó caer las manos sobre las piernas.

 

- De aprendizaje, de crecimiento, de dolor, qué se yo – completó él-. Relájate mensa, ya llegó el día que esperábamos los dos, no sólo tú.

 

Ya la ciudad había quedado atrás. Ahora se abría una amplia ruta que tajaba poblados de casas pobres, después bosques poco frondosos, una carretera ausente aún de un sol que más tarde haría vibrar su piso ennegrecido.

 

- Tal vez suene raro, pero te he extrañado desde un pasado en el que no te conocía–dijo ella con voz tímida, mirando siempre hacia delante. Él se estremeció. Recordó la frase que años atrás había escrito en sus cuadernos cuando pensaba en toda aquella gente que le hubiera gustado conocer en su vida y que tal vez jamás conocería. Sobre todo pensando en la mujer que imaginaba compañera de su vida. Te extraño sin siquiera conocerte.

 

- Yo también te he extrañado mucho tiempo antes de conocerte – dijo casi a manera de jaculatoria. Sus voces eran calmas, comenzaba a pesar el aire. Bajó la ventana y la cabina se llenó de ruido. Luego sacó el antebrazo y jugó un poco con el viento enfurecido entre sus dedos. Conjugó dos de sus pasiones en la cabeza: viajar y amar. Deliberó en idea sencilla que el amor es ante todo una travesía. Pensó que el amor también puede ser una tabla de amaranto y miel que se regala en parte por azar, y sus labios se arquearon levemente. Que cosas.

 

CONTINUACIÓN ROMÁNTICA

 

- Yo tengo una sola pregunta – complementó tras el silencio de sus meditaciones, tenía hambre, hubiera comprado una alegría en la gasolinera - ¿Quién eres?-.

 

El viento bramaba

 

CONTINUACIÓN IMBÉCIL

 

- ¿Te gustan las alegrías? Te voy a contar algo muy locochón ¿Sabías por ejemplo que el amaranto se pegó alguna vez con sangre y no con miel?... -  el viento bramaba.

 

FINAL PARA AMBAS CONTINUACIONES, LA IMBÉCIL Y LA ROMÁNTICA

 

En ambos finales el viento tenía que bramar, de todas formas a ése ni con letras se le controla. ¿De qué se trata interceptar la vida de estos dos personajes en un momento cómo éste? Al parecer se trata de un parte aguas en sus vidas. Han aventado una moneda al aire y apuestan sus días a un futuro incierto pero revelador, exquisito, de búsqueda y tal vez no de encuentro, eso lo sabrán solamente ellos. Precisamente los amantes y los viajeros son exploradores por igual, buscan, mas no siempre encuentran. Dejemos a nuestros peregrinos alejarse y perderse en un mundo donde abundan historias y vidas que ser narradas. Tal vez vuelvan algún día, mientras tanto nosotros hilaremos de día y destruiremos de noche. Ya nos contarán por donde fueron.