Retratos Luz (n)

 

 

Es un domingo ya cansado como mis manos. Altruismo y falta de sueño me arrastran hasta Pigalle, barrio nueve. Me encontraré allá con Gregorie que recién ha dado diecinueve vueltas al sol, casi siempre desde Niza, en la Cote D’Azur, Francia. Ahí va por la vida con ojos color rana, pómulos chapeados impresos sobre una tez blanquecina, cabellos castaños. Caminaremos a la puerta de lo que en horarios correctos es una de las discotecas más llenas de todo París, nuestras intenciones son claras: draguear. Dentro hay pocas almas trasnochadas pero bailadoras: una secuencia de rap agita un duelo de pasos que ni el danzón ni el tango envidian. Asseyons nous là, à côte de nanas.

 

-         Me lleva la chingada, creo que hoy es noche de  rap.

-         ¿No te gusta?

-         ¿Música de negros y árabes? Prefiero la electrónica.

-         Yo creo que tiene ritmo, se deja bailar bien, aunque tampoco es mi favorita.

 

« J’aime entendre la musique, mais seulement une musique comme celle que vous jouez, une musique qui exprime l’absolu, une musique en laquelle on sente un homme qui ébranle le ciel et l’enfer. J’aime beaucoup la musique, surtout, je crois, parce qu’elle est si peu morale ».

 

La conversación respira, no hallamos mucho de que hablar. Una figura hace piruetas cerca de nuestra posición, miro a Gregorie que ríe con odio en los ojos, llevándose la mano a la frente continua – ¡Mira! No los soporto... en Niza, con mis amigos, todo el tiempo nos peleamos con árabes, son unos maricones, siempre corren. Nos distrae una rubiecita de gorra ladeada, mezclillas y chaleco a rayas. Miro a mi feligrés, cómplices del deseo reímos y agrega – ¿ves esa chica? Como ella, las demás vienen aquí a buscar negros, no lo entiendo. De pronto me acuerdo de la primera vez que estuve frente a la Torre Ifel, que hermosos jardines alrededor, que ciudad tan maravillosa, tan de país de primer mundo, donde el pensamiento alcanza esplendor similar al de arte, ciencia y tecnología, con sus raclettes y sus flores del mal.

 

Gregorie continúa sus anécdotas - Ces enculés de merde, también una vez en Niza me peleé con tres negros porque me pidieron dar una vuelta en mi escuter y yo los mandé a la chingada, tiene la piel dura y gruesa, no les pasa nada si les pegas, además están mamados. Acostumbrado y no a ultrajarme los oídos con estas y peores formas de exclusión le dije a Gregorie que era un racista de lo peor, empezaba a conocer a mi amigo. Con odio en la sonrisa sus ojos brillaron de placer y se reía - Oui, je sais, je sais. Esta noche quiero descubrir donde estoy parado pensé.

 

A las dos de la mañana salimos a buscar un lugar más animado. Patrullas circulan por la zona constantes. Grupos de hombres principalmente se desplazan, cabezas cubiertas, chamarras gruesas, cigarros, como el mío acentos golpeados de inmigrantes o hijos de. ¿Por qué me habrá dicho encontrarnos aquí siendo justo lo que odia? Evoco casi maquinalmente a Hesse: « Quand nos haisons un homme, nous haisson dans son image quelque chose qui réside en nous. Ce que nous ne portons pas en nous, ne peut nous toucher jamais ». Me propone ir a Folie’s Pigalle, aquí al lado. ¿Qué hay ahí? ¿Está bueno? – pregunté emocionado por la posibilidad de mejorar las aventuras nocturnas. Es un sitio de travestís, pero a veces está bueno, hay de todo un poco, podemos ir a ver. No puse cara de nada, solo dije vamos.

 

                                                      

 

En el camino le pregunté a Gregorie por su familia. Ma mère elle m’est virée quand j’avais seize (mi mamá me corrió a los dieciseis) – dijo a secas, sin tocarse el corazón. Comment virée? Por quoi? (¿por qué te corrió?) – pregunté con la indecencia que me caracteriza. Al niño se le ocurrió vender drogas: popers, hash, coca. Eran mil quinientos varos al mes! Nada mal a esa edad – recuerda Gregorie con emoción y tras una pausa agrega – El refri de mi casa estaba lleno de mis chingaderas y pues a mi mamá le cansó. De hecho por eso comencé a cocinar, por que no tenía dónde vivir y había un restaurante con hospedaje para sus empleados en Niza. ¿Que si tenía hermanos? También le pregunté. J’ai deux (tengo dos), mais ils sont des enculés (pero son unos putos, cabrones, enculados, no se bien como traducir eso). No les hablo desde ese entonces, uno de ellos me robó tres mil euros, ah! Ils sont des enculés! – repetía con un odio lavado por el tiempo. ¿Qué hacía yo a mis dieciseis? – me pregunté antes de llegar al Folie’s Pigalle. Me acordé de un fin de secundaria, de mi primera borrachera, de un primer París, de mi primer beso, de mi primer amor, de mis padres orgullosos y felices, de mi casa del treinta y dos en Coyoacán.

 

Cinco minutos más adelante nos detiene en la puerta San Pedro si se tratara del cielo. Bon soir monsieurs ¿Saben que tipo de noche es hoy? – nos preguntó con las llaves en la mano. De ángeles que son diablos y viceversa ¿No es cierto? – fue nuestra jaculatoria y San Pedro en su versión africana con rastras mueve la cabeza afirmativamente. Entramos pues, a huevo, pa que no nos cuenten pensé y mi mano díscola que gastaba 300 pesos (veinte euros).  Recibimos una segunda advertencia antes de poder ingresar: Nomás aguas con sus chuchulucos, que luego las chicas los desaparecen.

 

Hélas! C’est déjà miex! – dice Gregorie con una voz que más bien se disipa en música house con vocablos en español y todo el alcohol que había bebido. Que hombres tan más guapas, que mujeres tan más guapos ¿Cómo explicarlo? Estábamos rodeados. Había una ara sobre la que bailaban las chicas y los chicos alternándose, mezclándose y hasta revolviéndose bajo un láser verde y una pantalla que transmitía fotos y textos. Se quitaban y ponían la ropa, abajo los demás bailábamos y nos mirábamos, sobre todo yo curioso. Es complicado describir los atuendos, los maquillajes, los olores, los huelgos.

 

Le jeune Gregorie, raposo a pesar de su edad, ajeno al desdoro, bailaba para pronto con una chica de espaldas anchas y senos firmemente plastificados. Me miraba risueño y emocionado mientras la abrazaba, como si fuese una primera novia. Yo, a la voyeur, contemplaba poco después como se frotaban los sexos (sepa dios cuáles eran, fueron y serán) y se besuqueaban. Después desaparecieron.

 

Tal vez fueron quince minutos. Regresó la novia y me preguntó si Gregorie era mi amigo. Afirmativo. Il a fait une bêtise (hizo una pendejada) – comentó la chica al aire pesado que se respiraba. Me quedé en silencio pensando a que se refería, pasaron muchas cosas por mi cabeza en esos treinta segundos, antes de que mi amigo apareciera sin su playera, buscando

a su Beatriz.

 

 


Tenía la cabeza saturada, decidí regresar al mundo irreal. Dejé a Gregorie terminar su viaje. No he sabido nada de él. Ha de regresar a Niza alguno de estos días, a su vida solitaria, a un trabajo de cocina que le espera en La chèvre d’or, castillo-restaurante donde gente adinerada paga menús de más de 150 euros.

 

 

http://www.chevredor.com

http://www.escualita.com