Un piano derramado

 

(la falta de acentos se debe al uso de un teclado internacional)

 

Esta Gregorio sentado en un vagón de metro. Su mirada se pierde más allá de un vidrio que le devuelve su traslucido reflejo, pareciera un fantasma, pero el sabe que no lo es, al menos porque se descubre humanamente viejo y arrugado. Confirma ahora por experiencia propia que es imposible detener el tiempo, que finalmente llega un día en el que uno se da por vencido y asimila la pronta muerte. También asimila, mas no digiere, los nuncas posibles de sus ochenta y tantos años de paso por el mundo. Va a soltar una lagrima, es normal, son situaciones por las que todos alguna vez pasamos, tanto réprobos como bienaventurados. Atrás y a la derecha de su propia imagen, Gregorio adivina un hombre joven sentado a sus espaldas, su rostro esta divido por el sol que enciende con fuego su lado diestro, y deja al izquierdo en una sombra lánguida. Son la vida y la muerte, piensa nuestro personaje, que se anuncian constantes frente a la propia mirada, somos nosotros que no nos percatamos, Desafortunados inexpertos, repite entre dientes para si mismo.

 

Si fuésemos Gregorio, voltearíamos el rostro hacia el sol, borraríamos de inmediato el macabro reflejo, nos pensaríamos jóvenes, encenderíamos también nuestra mirada, es justamente lo que el hace. El no lo sabe pero es esta la ultima puesta de sol que vera en su vida, entre bloques de concreto y chimeneas humeantes camino a su casa, lugar donde todos los hombres deberian entregar el alma. Si pudiera entender, o al menos adivinar, lo que le canta el viento frio que sopla entre los árboles, agitándoles pomposamente las hojas, ambar orquesta que peinara poco a poco las calles, o tal vez el rumor que le va inundando las venas, el ave suspendida en el viento, el olor del otono. Adios Gregorio, es la dama de saya y toca oscuras que se anuncia, que te invita. Baja con esfuerzos del vagón y se encamina despacio hacia la salida. Entrara después al edificio de frente, como lo ha hecho desde hace treinta y dos años, podría hacerlo con los ojos cerrados, de cualquier forma todos los caminos llevan a casa. Una vez dentro de su apartamento, se quitara zapatos, bufandas y todas las pieles con las que combate el frió y la soledad. Se sentara al piano y comenzara a herir levemente las teclas, y ellas, afligidas, lloraran una melodía donde casi se respira la vida, tal vez sea su marcha fúnebre. La habitación se ha llenado de un único elemento.

 

Se que el piano dejo de sonar esta noche pues ya no hay vida en quien lo acaricia. Se que mañana iré a visitar a Gregorio como cada matutino viernes, y cuando finalmente resuelva entrar en aquella habitación, encontrare solamente un piano derramado en música.