Reinventar la memoria

 

por Arturo García Mogollón

al dinosaurio más moderno

 

Abril 20, 2005. Un día, no hace mucho tiempo, se prostituyeron las fronteras: las migraciones de ideas, artefactos y personas comenzaron a ser de magnitudes nunca antes imaginadas. Avalados estos hechos por el avance de las comunicaciones, los transportes, la tecnología y el hambre de novedad, además de las políticas internacionales de explotación-sumisión y de la creación ilimitada de necesidades, fueron formulando el mundo en el que actualmente vivimos, morimos y nos reinventamos día tras día. Pero no sólo se abrieron las fronteras de los países, sino que parece que también se abrieron las cabezas de las personas: todo voló para todas partes y

 

ya nadie sabe si el sake es japonés,

ni si Estocolmo es la capital sueca.

 

Las poblaciones, en sus respectivos países,  se alucinan con la explosión de formas, figuras, colores y sensaciones que vienen de fuera. Perdimos la cabeza en la guillotina de la modernidad.

 

En el caso particular de la ciudad donde vivo, de la experiencia de relacionarme día tras día con gente muy diversa (en todo sentido), me doy cuenta de algo alarmante y que vale la pena sujetarlo con pinzas y examinarle de pies a cabeza, aunque estos estén al revés de donde deberían ir. El problema lo denominaré partiendo de la sociedad desinformada, término que José Jiménez Rodríguez alguna vez propuso en el ensayo sobre la jefatura de gobierno del DF, la manipulación mediática y el desinterés generalizado en la sociedad, que distribuyó electrónicamente hace unos meses. Y sí, recuerdo bien que él habló en esas valiosas páginas sobre el poco interés de los mexicanos en ser partícipes de la construcción de la realidad de su propio país. Sus palabras se centralizaron sobre el manejo de la información a través de los medios, el consecuente engaño en el que vive la mayoría de la población (televidentes y radioescuchas en su gran mayoría), y por ende los graves efectos que esto genera a todos niveles. Pero la sociedad desinformada de la cual yo pretendo hablar no es la que carece únicamente de información, sino también de formación. Así pues, bajo este contexto se podría denominar también como la sociedad deformada.

 

Me resulta útil hablar aquí, para entrar en materia, sobre los alimentos. Parecerá extraño a primera vista hablar sobre comida en un texto de más bien otros tintes, pero no dejemos engañarnos por esa escrupulosa manera clásica de tratar los temas a través de si mismos, sino más bien, y recordando un ejemplo inveterado, lo que busco es seguir sin prurito y sólo a manera de facilitar la comunicación, el modelo que tal vez fue utilizado por primera vez en la Biblia, a través de sus enseñanzas metafóricas, y en tiempos modernos por Saramago, quien en sus libros ejerce tanto el símil como la metáfora con magistral cadencia. Así pues, retomando el hilo del discurso, invito al lector a invocar en su memoria sensorial un tamal, sin más ni menos. Un frugal alimento a primera vista para algunos, para otros un monumento alimentario. Como en toda discusión humana, el foco problemático radica en el contexto. Pero más allá de la discusión sobre la diversidad de tejidos de valores y significados, me interesa remarcar solamente uno: entender un alimento (el que defiendo a capa y espada). En el caso del tamal es fácil explicar la anterior idea. Comer un tamal puede ser una explosión sensorial en sus cinco ramificaciones principales. De acuerdo, pero desmiéntame algún valiente si dicha explosión sensorial no puede ser multiplicada si además del análisis fugaz de los sentidos, agregamos un contexto multifacético a la experiencia. Es decir, si conocemos la historia de los tamales, si nos enteramos que el tamal que estamos ingiriendo es festivo y entendemos que milenarias técnicas de cocción están involucradas, si nos sorprende que esté esponjado con tequezquite del lago de Texcoco, y además analizamos su alto valor nutricional,  resumiendo, si vislumbramos el alcance connotativo de dicha manducatoria, entonces dejará de tratarse de maíz molido y esponjado (si es el caso), y se convertirá en un sabor y un saber humano.

 

¿Y de aquí cómo saltamos de regreso al tema de este texto? Pues bien, dejando clara la idea del contexto y su aditivo valor, es importante hacer el último señalamiento que llevará a entender un poco más sobre la comparación que unas líneas adelante se hará: el problema actual es que dicho ritual alrededor de la comida está prácticamente exterminado. En otras palabras, la gente come por necesidad, primitivamente, como cuando todavía no existía la idea de hombre deambulando sobre el planeta.

 

Es, en resumidas cuentas,

la negación de toda una

historia humana.

 

Nos alimentamos de presente. Y aquí llegamos al centro del tamal.

 

 

 

¿Qué quiero decir con que nos alimentamos de presente?

 

 

Sencillamente que nos hemos olvidado de donde venimos y hacia donde vamos. Nos gusta la comodidad, nos acomoda muy bien la idea de la memoria rota con la que Galeano acusa la desvinculación de la interdependencia entre la opulencia y la miseria, pero en un sentido mucho más amplio. Comemos el tamal y punto. Se ha abierto un profundo abismo en la memoria del hombre y la condición actual de la civilización humana podría ser bien definida como ahistórica. Vivimos demasiado alejados de sucesos que pueden ser tan recientes como las Guerras Mundiales o más frescos aún como las invasiones norteamericanas en pro de la supuesta libertad, y parece que suceden en otro mundo, en otra época, en otra especie que no es la nuestra. Son días de despreocupación ajena, de introversión falsa bajo la que más bien se esconde el miedo a la realidad.

 

¿Dónde miramos esto? Me gusta llamarle la época del sin-sentido, y con esto me refiero a que muchos están instalados una especie de oscurantismo moderno, una ideología en el que el lema principal a través del cual se manejan las personas (y los estados) es la de primero yo, después yo y al final yo. Vivimos emplazados en un egoísmo social de dimensiones paranormales y creemos que aventar el automóvil para pasar primero o evadir el fisco nos da prestigio. Pero lo peor apenas comienza. Uno observa que las personas viven ensimismadas y pensaría que al menos están llenas de sabiduría y reflexión, o para abreviar, de grandeza espiritual. El problema radica en que ni siquiera nos alimentamos de un presente nutritivo, sino más bien de un presente chatarra. Las personas que quizá si tiene tiempo de pensar y actuar, y que no requieren de sus 24 horas diarias para trabajar y conseguir un ingreso que le permita vivir de manera acartonada, se dedican mejor a hacer pilates, yoga, colgar borreguitos tras sus puertas, ver talkshows y novelas televisivas. Así también están llenas (y a la vez vacías) de miles de otras falsedades: filosofías orientales occidentalizadas y descontextualizadas, productos orgánicos, preocupación mediocre por la pobreza, medio ambiente y política, pulseras de colores (tantas que sus brazos parecen arcoiris), y tantas otras cuestiones de no menor valor espiritual. Los mexicanos, de los pocos que tienen tiempo para detenerse, no leen, no estudian, evaden reflexionar, evitan cuestionarse, mejor nada de dudas. Estamos desvinculados no sólo de nuestra historia, sino también de nuestra realidad. Ya nadie muere por ideales porque es sabido que antes de intentarlo mueres por una bala. Los que no tienen tiempo más que de trabajar y ganarse el pan de cada día ¿qué tienen si ni siquiera presente chatarra?

 

A ellos nos se les puede exigir,

sino que se les debe de otorgar.

 

¿Y la culpa de quién es? La culpa la tenemos todos. Unos por dejados, otros por abusivos y otros por desinteresados. Los dejados (o abusados mejor) a veces ni siquiera saben que están abusando de ellos. Los abusivos siempre actúan a conciencia. Los desinteresados son muchos más que los abusivos y mucho menos que los abusados. Los abusivos son los más cómodos y son los que menos se preocupan por como vive el mundo ahogado en problemas. Efectivamente instalados en su magnífico viso, que mejor manera de mantenerse en sus arcas que manipulando a los atropellados, pues de los desinteresados ni hay que preocuparse. ¿Cómo? A través de los medios, a través de las modas, a través de las represiones, a través de la burocracia, a través de organizaciones criminales tan perfectas como la policía, el gobierno, las instituciones de asistencia pública en general, y tantas otras cosas donde la impunidad se esconde y donde el supuesto interés común es el de proteger el interés privado. Los dejados se dejan por que quieren o generalmente porque no tienen otra opción. Es justamente el origen de la sociedad desinformada, la que hay que mantener distraída y enajenada con figuras, colores, productos, siempre novedades fugaces carentes de significados y valores,  para que nos estemos quietos. (Importante aclarar que no hablo de clases sociales, aunque si tiene casi directa relación).

 

Y entonces no es sólo mantener a las personas desinformadas o desinteresadas en su gran mayoría, sino además deformarles cualquier posible arraigo, cualquier idea o concepto del mundo heredados que pudiera provocarles cierta curiosidad o cierto desengaño, y que por consecuencia tambaleara los focos de control político, económico, cultural, tecnológico, etc. La educación es el peor enemigo del control y partiendo de esta idea, la campaña emprendida por algunos cuantos ha dado muy buenos resultados: no existen valores cívicos ni cognitivos en nuestro país, han sido desplazados por todo aquello de lo que hablaba en los párrafos anteriores. Con valores cívicos me refiero a como nos manejamos los unos en relación a los otros: respeto, pacifismo, justicia, honestidad, igualdad, libertad, etc. Con la ausencia de valores cognitivos me refiero al analfabetismo imperante, y en un plano superior, a la fútil red de difusión, análisis y creación de conocimientos útiles para el verdadero progreso humano (que antes yo llamaría equilibrio).

 

¿Qué hacer entonces? Pues como Alicia en el País de las Maravillas debemos pensar lo que decimos y decir lo que pensamos. Pero sobre todo, lo que tenemos que hacer es empezar a pensar lo que decimos, oímos, vemos, tocamos y olemos. Y no sólo eso, sino tener todo el tiempo presente que vivimos en un país lleno de problemas que si tienen solución, pero que requieren de un esfuerzo conjunto. Debemos recuperar nuestro vínculo con el pasado y con el futuro, y enriquecer a través de esto nuestro presente. Así entenderemos nuestra abyecta y errónea postura actual, donde imperante el aislamiento, nos carcomemos ensimismados los unos a los otros. Se trata, en pocas palabras, de comprender donde está uno parado y quienes le rodean. Y partiendo de ahí, es también develar la manera más sana de relación con ese entorno, que es, indiscutiblemente necesaria.

 

Es reinventar la memoria,

 

y para eso hay infinidad de acciones concretas que pueden ayudar a combatir

 

nuestra soledad en el tiempo.